Análisis
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El nacimiento de Venus,

de Sandro Botticelli

 

1482-1484

Temple sobre lienzo

172,5 cm x 278,5 cm

Galería de los Uffizi de Florencia

 

La primera gran representación de la diosa Venus desnuda desde la época romana se presenta al espectador con una gracia y delicadeza que, ciertamente, no parecen de este mundo. La diosa del amor es impulsada hacia la orilla por el combinado soplido de

del amor es impulsada hacia la orilla por el combinado soplido de Céfiro y Aura, dioses del viento y de la brisa respectivamente, aquí amorosamente entrelazados.

 

En la orilla aguarda una de las diosas de las estaciones, llamadas Horas, que por su vestimenta floreada identificamos con la Primavera. Ésta tiende su manto hacia Venus para cubrir su pálida desnudez.

 

El encanto desplegado por Botticelli en esta tela nos sigue subyugando tanto o más que en la otra gran tela de asunto mitológico pintada por el artista florentino, La Primavera.

 

Más allá de la sinuosidad del dibujo, de la suavidad de la paleta, de la elegancia de las figuras y la exquisitez de ropajes y cabelleras mecidos por el viento, ¿existe alguna clave compositiva que pueda explicar este alarde de armonía y musicalidad?